Intentar describir la riqueza contenida en la Iglesia de Aguilar sería empresa imposible de realizar. Fue labor de muchos años y fruto del desprendimiento generoso de nuestros antepasados, que fueron dejando en ella retazos de su vida y de su acendrada fe.
Sus capillas ostentaban ricos retablos, de estilo barroco y renacentista. ¿Y qué diremos del suntuoso y rico retablo barroco, que cubría el ábside del Altar Mayor? Ante él pendían dos grandes arañas con catorce luces cada una, las que iluminaban todo el presbiterio.
Dignos de mención son también los varios lienzos y cuadros que colgaban de las paredes, obras de gran mérito que artistas consumados habían plasmado y cuya fama había de ser imperecedera. Alabanza merecen aquellas imágenes en talla que el cincel del artista había perfilado dándoles expresión y vida. En sus relieves y sombras aparecían el arte, el estilo de la época y el sentido religioso, que satisfacían las exigencias de piedad del pueblo fiel. Por eso, ante ellas caían de rodillas para musitar una oración y suplicar una gracia. Colocadas en las hornacinas y repiés de los retablos los embellecían, aumentando su riqueza y grandiosidad.

El artista había sabido imprimir en sus rostros las virtudes que las había llevado a los altares. Los símbolos que los adornaban hablaban de su vida, poder y milagros. Recordemos la expresión de penitencia de San Antonio Abad; la compasión de los Santos de la Piedra; la intrepidez y potestad de San Pedro; la dulzura del Corazón de Jesús; la valentía y testimonio de San Juan Bautista; la mirada amorosa y pura de la Inmaculada; el desprendimiento y caridad de San Roque; la Súplica de la Virgen del Rosario; la esperanza en la Virgen del Pilar; el sufrimiento en la Virgen de los Dolores; la pureza de Santa Catalina; la humildad de Santa Celestina y la fe en los ojos velados de Santa Fe.
Terminada la Guerra de Liberación, la piedad de los fieles fue donando a nuestra Iglesia otras imágenes para que ocupasen el sitio de las desaparecidas. Pero qué distintas. Dada la penuria de aquellos años, la Iglesia autorizó la compra de imágenes a base de escayola y cartón- piedra, en las cuales no hay arte ni sentido religioso. Sin embargo, alabanza merecen esas familias que regalaron las actuales.
Únicamente la Virgen de la Peña y la Dolorosa son en talla.
Siguiendo las normas del Concilio, hay que procurar que las nuevas imágenes sean en talla, aunque para ello haya que esperar años, acumulando donativos de personas piadosas.
Las actuales de nuestra Iglesia son: San Antonio, Santa Celestina, San José, San Pedro, la Purísima, el Corazón de Jesús, San Roque, La Virgen del Pilar, Santa Catalina, la Dolorosa, San Juan y San Isidro Labrador.
Aguilar también poseía ricas alhajas repujadas en oro, plata y piedras preciosas. Eran éstas: 2 custodias, 5 cálices, 2 cruces procesionales y un crucifijo. Así mismo, 6 andas, un magnífico órgano, un facistol y 4 estandartes.
El estandarte blanco estaba dedicado a San Juan. El morado a San Antonio.
El rojo a los Santos Mártires y el verde a San Roque.
Entre las vestiduras sagradas sobresalían tres ternos recamados en oro y plata, con sus magnas capas. Digno de mención es también su rico palio bordado en seda. Dejo de consignar la gran cantidad de objetos destinados al culto divino, como casullas, albas, cíngulos, roquetes, misales, manteles, crismeras, libros litúrgicos... que llenaban el amplio calage y armarios. Actualmente, existe lo necesario paro el culto, pero jamás tendrá Aguilar la riqueza que poseía.
La sillería, a todo lo largo del coro, era artística, con figuras en relieve y en madera de nogal. La balaustrada hacía juego con la Sillería y en su derecha había un gran armario para los libros litúrgicos. El facistol ocupaba el centro del coro y, aunque era monumental no tenía gran valor artístico.