En la alimentación de las gentes de nuestra sierra, concretamente de Aguilar del Alfambra, concurrían tres factores, importantes:

    • La climatología
    • Clase de trabajo
    • Productos alimenticios disponibles.

En tierras altas de climatología fría, el hombre necesita más calorías que en climas benignos para vivir, trabajar y estar en forma. También el trabajo era duro -hoy menos- y, por tanto, se exigía una alimentación fuerte. En cuanto a productos alimenticios no había la abundancia de hoy, ya que me remito a los primeros y siguientes años del siglo actual.

Asado Aguilar del Alfambra

Almuerzo

Típicas eran las gachas de harina o sémola, en los meses de invierno, aderezadas con grasa y “chichorritas”. También lo eran las sopas de aceite y ajo en “perol”; algunas personas las hacían hervir, otra vez, al amor de la lumbre.

Digamos lo mismo de las patatas cocidas en la “olla” y condimentadas con grasa al picarlas. Después, se sacaban, con una rasera, a una fuente grande a modo de torreta y se comían con cucharas de madera. Finalizaba el almuerzo – no siempre- con tajadas de tocino o huevos fritos.

Comida del mediodía

Típico, ¿cómo no?, era el “cocido”, semejante a la olla, churra o cocido de Aragón. Se componía de huesos de cerdo, trozos de tocino, oreja, pata, morcilla de arroz o cebolla y garbanzos o judías en grano. Cuando estos componentes se hallaban casi cocidos, se agregaban unos gajos de patata y terminada la cocción, se hacían, en la fuente o plato, unas sopas con el caldo sobrante.

Terminado este primer plato se abocaba el cocido y, separando los trozos, se comían las patatas y garbanzos y a continuación el resto. A falta de cocido, la comida podía ser distinta en cada casa, según las personas y épocas del año.

La cena

La cena era variada según gustos y costumbres: sopas de ajo, patatas cocidas con col de grumo y picadas; tortilla de patatas o francesa; coles blancas cocidas y refritas en la sartén; judías en “ayuno” -en grano- condimentadas con vinagre y aceite crudo.
Indistintamente, se hacían otros guisos: migas, sopa de fideos, de huevo -sobre todo al verano-, patatas fritas con cebolla o sin ella, hervido -en su tiempo- con patatas y judías verdes.

Cuanto hemos dicho más algo de carne, aves de corral y abundante cerdo constituían el menú de nuestro pueblo; sin embargo, las conservas y embutidos se guardaban para las meriendas y el verano.

El vino no era patrimonio de todos durante el año, aunque sí en la recolección, siembras y labranzas. Hoy han cambiado los tiempos; hay más abundancia y nuestro paladar es más exquisito. Los mismo se guisa una paella valenciana que un guisado o estofado, una parrillada de ternasco o un fino pescado; igual se prepara un plato con embutidos de solera y conservas de marca, que unos apetitosos aperitivos, y para postre -antiguamente no conocido- no falta la sandía, el melón, la naranja, la pera y la uva, tan abundantes en vitaminas, como de fácil adquisición; y aún más, en las grandes fiestas despachamos los dulces postres, como flanes, bizcochos, pasteles y tartas humedecidos con sidra y champán, para terminar con café y puro, saboreando el añejo coñac.